29.4.17

Objetividad impura

Lo debe de haber aprendido de Girri, que retraduce a Wallace Stevens: aquello de que la poesía no es la vida sino proposiciones acerca de la vida. Aulicino ha construido sus libros con esa premisa pero ni siquiera pudo serenarlo en la distracción metafísica o estética: porque supo que las proposiciones también conforman la vida misma y no solo atestiguan lo dado sino también las dominaciones sobre lo dado, el usufructo, el mal de la mercancía que oculta las manos que la realizan para la ganancia de otros. La objetividad de la poesía de Aulicino, también descendiente de Giannuzzi, nunca es pura, ni parte del cielo. El poeta comprende que no sólo el mundo de las cosas carece de un sentido trascendente, sino también que los objetos contienen “la aureola viscosa de un esfuerzo alienado”. En cierto modo, el poema solo podría recuperar los objetos cuando tienen la marca de lo no intercambiable, cuando se vuelven inútiles y desechables, o cuando manifiestan en ellos el interminable uso, incluido el de las palabras. De nada es posible apropiarse, ni siquiera en la lengua y esto es lo fatal para Aulicino, como un desengañado barroco en el capitalismo tardío: “Y lo que vemos y no vemos, y lo que no conocemos / y apenas presentimos, y la muerte que aguarda, / ¡porque deja de ser tu propiedad! ¡porque sos mortal” *.

© Jorge Monteleone
Feria del Libro de Buenos Aires, Festival de Poesía, presentación de la segunda mesa de lectura el 28 de abril de 2017


* "Predicación del monje proletario", El Capital, Estación Finlandia, Ediciones Bajo la Luna, Buenos Aires, 2012